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zzzzzzzzzzzzzzzzzzHola SocialMediaAdicto. Hoy aparco la temática para la que ha sido creado este blog y voy a contarte un caso muy especial. Uno de esos casos que cuando tocan nuestras vidas nos hacen crecer de una forma especial. Yo he tenido el privilegio de vivirlo hace apenas unas horas y creo que debo contarlo, porque entra de lleno en el dramático y durísimo asunto de la violencia de género. Esa violencia que deja, en la mayoría de los casos, unas huellas psicológicas mucho más profundas que incluso las huellas físicas.

La protagonista es una mujer donostiarra de la que no voy a decir su nombre. Me referiré a ella, por tanto, a través de un pseudónimo, el cual podría ser “Itsaso”, en referencia a la fuerza de nuestro mar; también podría llamarla “Ederra”, en referencia a su belleza; la llamaré entonces “Easo”, en referencia a nuestra ciudad, que engloba todos esos calificativos y muchos más todavía mejores.

Easo es una mujer atractiva. Es decir, que no solo es hermosa sino que además irradia optimismo, alegría, vitalidad. Hace dos noches paseábamos juntos por una calle donostiarra bajo esa especial luz tenue de las farolas donostiarras. Desde hacía unos días la notaba distinta. Su vitalidad, alegría y optimismo se habían transformado en una mal disimulada tristeza y decaimiento. Hacía unos días, también, que había comenzado a recibir mensajes de su exmarido, un hombre del que se había separado apenas dos años antes, tras un matrimonio marcado por las desvalorizaciones y la manipulación, y del que no había vuelto a saber nada. Unos cobardes mensajes cargados de rencor e insultos, de veladas amenazas, de frustración y celos.

Hablamos de ello mientras paseábamos. Jamás creí que llegase a ser el caso de Easo, pero a medida que avanzábamos en nuestra conversación, fui identificando uno de los síntomas más terribles y más dañinos que desarrollan las víctimas del maltrato, ya sea físico o psicológico: la autoinculpación. De repente me vi sorprendido porque esa mujer fuerte, alegre y vital que yo conocía manifestaba sentirse culpable. Culpable por el disgusto que podría causar esta situación a sus hijos, culpable por haber sido ella la que tomó en su día la decisión de separarse, culpable por las molestias que podría ocasionar a su entorno vital, a sus amigos, a sus parientes, a los que nos estaba haciendo partícipe de la dura situación que estaba soportando. Culpable por no poder mostrarse ante nosotros como la mujer alegre que es.

Si de algo me han servido mis años de Universidad fue en ese preciso instante, cuando recordé una parábola que en una clase nos contó el profesor de la asignatura de Sociología. Una parábola que tiene muchas variantes y que en este caso, más o menos, decía así y así se la transmití a Easo:

Aprovechando la ausencia de su marido, una mujer se reúne con su amante; pero de un día para otro, el marido, desconfiado, la llama para anunciarle su regreso y le exige que vaya a buscarlo al aeropuerto para recibirle. Entre el lugar donde se encuentra la mujer y el aeropuerto se extiende un frondoso bosque en el que se oculta un terrible asesino. La mujer, asustada y conocedora de la existencia del criminal, no sabe qué hacer y busca consejo en otras personas cercanas a ella. Le pide a su amante que la acompañe pero éste se niega porque no desea enfrentarse al marido. Habla con algunos vecinos para solicitarles que la acompañen pero se niegan a hacerlo por miedo. Pide también protección al único policía del pequeño pueblo, pero este le dice que no puede acompañarla por que debe atender al resto de sus obligaciones. Al final, y tras mucho meditarlo, decide emprender el viaje sola por que también desea estar con él ya que en el fondo lo ama. Antes de llegar a su destino la mujer es asesinada por el criminal del bosque”.

La pregunta que el profesor nos hacía era la siguiente: “¿Quién es el responsable de la muerte de la mujer? ¿Quién es el culpable?” Os puedo asegurar que las respuestas eran variadas. Unos decían que la responsable era la propia mujer, que fue la última responsable de tomar la decisión de cruzar el bosque. Otros pensaban que era ella la responsable ya que se sentía culpable por tener un amante. Algunos apuntaban a la responsabilidad del policía, por no haber cumplido con su obligación de protegerla. Y otros culpaban a sus familiares y amigos por no haberla acompañado siendo conscientes de que en el bosque se escondía un terrible asesino.

La respuesta, evidentemente, no era ninguna de esas. El único responsable, el único culpable, de la muerte de la mujer es, sin lugar a dudas, su asesino!!! Esto, que parece tan evidente, a veces, debido a nuestro bagaje cultural o a nuestros prejuicios, es difícil de ver. Así se lo dije. Y lo entendió perfectamente. Me premió con un beso bajo las farolas donostiarras. Pero, eso, lo del beso … ¡es otra historia!.

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